El estrés no está solo en lo que pasa, sino en cómo lo procesa tu cerebro
Si el estrés fuera una fuerza que nace de las circunstancias, la misma situación generaría el mismo impacto en todos. Pero no es así. No todos respondemos igual ante la pérdida de un empleo o una discusión familiar, ni liberamos la misma cantidad de cortisol. La diferencia está, en buena medida, en cómo percibimos e interpretamos lo que nos ocurre.
El proceso empieza en el cerebro. La amígdala, una pequeña estructura en el interior de los lóbulos temporales, evalúa continuamente si algo es una amenaza. Si detecta peligro, pone en marcha el sistema nervioso simpático (la respuesta de lucha o huida) y el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, que culmina con la liberación de cortisol. Si quieres conocer en detalle este proceso y sus efectos en el cuerpo, lo explico en qué es el estrés y cómo te afecta.
Nuestro cerebro, además, está inclinado hacia lo negativo. Para garantizar la supervivencia, presta más atención a las posibles amenazas que a las buenas noticias. Esa inclinación nos ha protegido durante milenios, pero tiene un precio: no hace falta un peligro real para activar la alarma. Anticipar un despido, revivir una discusión o imaginar lo peor basta para que el cuerpo responda con una activación de estrés muy parecida a la de una amenaza presente.
Un pensamiento no puede dañarte, pero tu biología se prepara igual. Y si la mente está a menudo en un pasado doloroso o en un futuro temido, el cuerpo vive en una especie de protección permanente, aunque en tu entorno no esté pasando nada.